Mis raíces judías

febrero 3, 2024

Todos los antepasados de mi querido padre, Juan Aguiló Forteza, eran chuetas, es decir, descendientes directos de antiguos judíos conversos al catolicismo, así que yo también lo soy.

La primera vez que tomé clara conciencia de este hecho fue ya en el colegio, a mediados de los años setenta, cuando compañeros míos de clase me llamaban «chueta» de manera recurrente, pero no como mera circunstancia descriptiva o recordatoria de mis orígenes, sino queriéndole dar siempre un sentido despectivo e incluso de insulto muy grave. «Vosotros matasteis a Jesús», solían repetirme también de modo acusatorio algunos de esos compañeros, una inculpación que invariablemente me llenaba de tristeza y de angustia.

Yo era sólo un niño, pero ya entonces empecé a darme cuenta de que los judíos —o sus descendientes— no éramos demasiado queridos en aquellos años por casi nadie. Fue también en aquella época cuando, gracias a las clases de Lengua, descubrí que era prácticamente imposible poder encontrar un solo personaje judío tratado con un mínimo de afecto o de cariño entre las grandes obras de la literatura universal. Todos eran malvados o perversos, sin una sola excepción.

Esa dolorosa percepción sobre nuestro lacerante devenir como pueblo a lo largo de los siglos se acentuó aún más merced a las clases de Historia, en especial cuando tuve conocimiento de los pogromos en la Edad Media, de la expulsión de los judíos de España en 1492 —junto con otras expulsiones previas o posteriores en muchos países de Europa—, y, no haría falta decirlo, del Holocausto, en donde fueron asesinados seis millones de judíos.

Desde la noche de los tiempos, los judíos nunca habíamos iniciado ninguna guerra ni habíamos invadido ningún país. No odiábamos ni menospreciábamos a nadie, éramos tolerantes y abiertos, así como también defensores de la cultura y de la ciencia, y respetábamos a todas las naciones y a todas las razas, un sentimiento que, por desgracia, no era recíproco hacia nosotros por parte de algunos otros pueblos, que nos despreciaban y nos odiaban con una saña indeclinable, incomprensible y desmedida.

A nivel personal, es cierto que a pesar de que mis raíces son y serán siempre chuetas, mis padres me bautizaron en el seno del catolicismo al nacer, una religión que sigue siendo aún hoy, de manera voluntaria y consciente, la mía. Por ello mismo, agradeceré siempre que en 1959 Juan XXIII decidiera eliminar la referencia a los «pérfidos judíos» en la liturgia del Viernes Santo o que Pablo VI promulgara en 1965 la histórica declaración conciliar Nostra Aetate. 

Dicha declaración indicaba, entre otras afirmaciones, que «no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras» o que «la Iglesia deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos». En ese documento había, además, merecidas referencias positivas hacia los musulmanes, los budistas o los hindúes.

Si han llegado hasta aquí, habrán intuido o deducido ya que en este artículo hablaré también de la situación de guerra y de violencia extrema que desde hace ya casi cuatro meses se vive de nuevo en Oriente Medio.

Hubiera preferido no tener que hacerlo, porque cada vez que hablo de esta cuestión se resiente bastante mi precaria salud —no es una exageración ni una metáfora—, pero varios buenos amigos llevaban ya bastantes semanas diciéndome que como periodista y como chueta debía dar públicamente mi opinión sobre lo que está sucediendo desde el pasado mes de octubre. Lo haré finalmente hoy, con todas las dudas, las vacilaciones y las pocas certezas que siempre me acompañan, y no sólo en este tema.

No hablaré, en cambio, de las causas de las sucesivas guerras que han ido librando árabes y judíos desde el nacimiento de Israel en 1948, porque es imposible intentar resumir en unos pocos párrafos un conflicto que se inició hace ya más de siete décadas y porque las posiciones sobre el mismo parecen estar hoy más enconadas que nunca. Bueno, en realidad, esa polarización extrema parece afectar ya a casi cualquier tema que se intente tratar en la actualidad dentro y fuera de nuestro país.

Por mi parte, las dos únicas certidumbres que me acompañan con respecto a Israel y a Palestina desde que tenía poco más de veinte años son que ambos países tienen derecho a existir como estados y que nada me haría más feliz que el hecho de que pudieran vivir en paz. En estas últimas décadas ha habido momentos en que ello pareció más cerca que nunca —recordemos los acuerdo de Oslo— y otros en que hizo su aparición la desesperanza más absoluta, como está ocurriendo ahora mismo.

Las cifras y los datos que están ofreciendo los dos bandos hoy en guerra son absolutamente divergentes, por lo que he recurrido a una de las fuentes para mí siempre más fiables, Amnistía Internacional (AI), para intentar contrastar la veracidad o no de las numerosas y a veces contradictorias informaciones que aparecen en los medios.

Según publicó AI en su momento, «el 7 de octubre Hamás y otros grupos armados lanzaron cohetes de forma indiscriminada hacia Israel» y «sus combatientes mataron sumariamente y secuestraron a civiles», en un ataque en el que «según las autoridades israelíes, murieron al menos 1.400 personas, en su mayoría civiles». Una vez iniciada ya la respuesta armada a esa masacre por parte de Israel, AI ha hallado pruebas de «crímenes de guerra cometidos por las fuerzas israelíes, y de ataques indiscriminados durante el bombardeo de Gaza que han reducido a escombros edificios de viviendas, arrasado barrios enteros y aniquilado familias enteras».

En este contexto tan terrible, en los días siguientes a aquella trágica jornada del 7 de octubre eché de menos que fuera de Israel no hubiera habido en ninguna ciudad del mundo —en ninguna— alguna concentración ciudadana en memoria y recuerdo de esas 1.400 víctimas judías, algo impensable si una matanza así se hubiera producido en cualquier otro país. Del mismo modo, posteriormente eché también de menos que no pocos defensores de la causa judía no hayan pronunciado aún una sola palabra de condena por la muerte de miles de civiles palestinos desde el inicio del enfrentamiento entre Hamás y el Ejército israelí.

Llegados a este punto, permítanme, por favor, que continúe este artículo haciendo referencia a dos viejos recuerdos personales. Hace unos años, vi en un cine de Palma una película preciosa, Amerrika, que contaba las vicisitudes de una madre palestina y de su hijo tras abandonar Cisjordania y emigrar a Estados Unidos en busca de una vida mejor. La película estaba dirigida por la norteamericana Cherien Dabis, descendiente de familiares palestinos y jordanos.

Los dos personajes más humanos y compasivos de ese filme eran, sin ninguna duda, la propia protagonista de Amerrika y el director del colegio al que acudía su hijo, un hombre mayor polaco de origen judío, que era descendiente directo de varias víctimas del Holocausto. Entre ambos personajes nacía, además, una amistad muy profunda y sincera, que servía igualmente como esperanzador colofón a esta historia. Por desgracia, me temo que hoy sería del todo imposible poder rodar una película así.

El otro recuerdo personal tiene que ver con la preciosa canción Milonga del moro judío, del gran cantautor uruguayo Jorge Drexler, hijo de un judío germano que en 1939 consiguió escapar de la Alemania nazi. Conocía esta composición desde hacía ya algunos años y ayer la escuché de nuevo varias veces antes de empezar a escribir esta columna. La verdad es que al principio no pude evitar llorar cada vez que la oía, entre otras razones porque hacía y hago mías todas y cada una de sus sentidas palabras.

«No hay muerto que no me duela./ No hay un bando ganador./ No hay nada más que dolor/ y otra vida que se vuela./ La guerra es muy mala escuela,/ no importa el disfraz que viste./ Perdonen que no me aliste/ bajo ninguna bandera./ Vale más cualquier quimera/ que un trozo de tela triste», dice en su segunda estrofa, justo antes del bellísimo estribillo: «Yo soy un moro judío/ que vive con los cristianos./ No sé qué Dios es el mío/ ni cuáles son mis hermanos».

Este maravilloso tema, que no me cansaría nunca de escuchar una y otra vez, concluye lúcidamente así: «Y a nadie le di permiso/ para matar en mi nombre./ Un hombre no es más que un hombre./ Y si hay Dios, así lo quiso./ El mismo suelo que piso/ seguirá, yo me habré ido./ Rumbo también del olvido/ no hay doctrina que no vaya./ Y no hay pueblo que no se haya/ creído el pueblo elegido».

Es probable que algunos de los amigos que me animaron a escribir sobre este tema no estén en absoluto de acuerdo con lo que he publicado hoy. E incluso es posible que más de uno considere que quizás deba dar por finalizada esa amistad ante los razonamientos que he expuesto en este primer sábado de febrero, especialmente soleado, luminoso y tranquilo.

A mis amigos y a los que no lo son les diría que yo no sé cuál podría ser la mejor solución para que acabe de una vez por todas tanto dolor y tanto sufrimiento, de verdad que no lo sé, pero si pudiera, encendería hoy mismo una vela por cada víctima inocente israelí, por cada víctima inocente palestina, y lloraría y rezaría por todas ellas. Y así lo haría porque así me lo dictan mi razón sintiente y mi alma compasiva, porque así me lo dictan mis creencias cristianas y mis raíces judías.

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